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 Destino Final de los Dioses

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Jack

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MensajeTema: Destino Final de los Dioses   Jue Mar 24, 2011 2:59 am

0- El llamado de Dios




"Lif y Lifthrasir tendran hijos. Sus hijos tendran hijos. Habra vida y nueva vida, vida por doquier en la Tierra. Este fue el final; y este es el principio"- Kevin Crossley Holland.

El mundo de Orsain es un lugar frio y teñido de verde y rojo, los verdes pastizales y bosques que se iluminan por el carmesí de la rojiza sangre derramada en sus campos, la muerte de miles es lo que rige el futuro de las naciones que viven en este mundo, naciones que se forjaron con el acero de la espada y los huesos destrozados de los ancestros. Las naciones de los humanos, lideradas por los reyes y tiranos miran con ojos de ambición a los territorios del este, donde los elfos reinan en nombre de los primeros dioses y con sus ojos puestos en el cielo, buscando la vida eterna que se les prometió hace miles de años. Ignorando el conflicto que se avecina sobre ellos, los enanos viven en las cimas de las heladas montañas y bajo la tierra en ciudades que abarcan naciones enteras, ellos forjan el camino que traerá la destrucción.

Pero por ahora, solo concentrémonos en lo que sucede en el reino de Antares, una nación humana que vive una guerra civil en sus peores momentos. El reino se ha dividió en dos grupos, uno que apoya el cambio en el gobierno, buscando acabar con la monarquía y formar un nuevo modo de gobierno donde los plebeyos sean la fuerza que gobierne y sus derechos sean respetados y por el otro lado, esta la monarquía, que lucha por mantener su dominio en el reino y evitar que la ingenua revolución se expanda al resto del mundo, sobre todo ahora, que la afluencia del oro permitía a los reinos pagar por los daños de las guerras de antaño y por los caprichos de antiguos monarcas, aun cuando su cada vez mayor población, se encontraba en situaciones desesperadas de hambruna y pobreza y con una explosión demográfica que hacia que los cultivos quedasen reducidos a un montón de tierra infértil.

Nuestra historia comienza en la ciudad de Bourlemont, capital del reino de Antares. Sobrepoblada, llena de indigentes y con olores que recuerdan al pelaje de un perro mojado, Bourlemont es la ciudad de héroes y de grandes y majestuosas edificaciones, templos dedicados a los dioses de la guerra (Anduir) y su esposa, la diosa de la piedad (Solome). Mas los cientos de rezos y oraciones dados en nombre de los antiguos dioses no han dado resultado en nada, los más pobres comen migajas de pan en la entrada de la gran capilla de Solome, mientras que los sacerdotes beben vino y ternera en sus habitaciones.

En las afueras de esta misma ciudad llena de pobreza y opulencia demagógica, se encuentra un palacio de gran tamaño que llega a medir más de trescientos metros sin contar sus gigantescos jardines. Su entrada es una gran plaza circular con una estatua de una mujer desnuda tocando un harpa dorada, pintada con pintura del material más valioso del reino. Sus paredes parecen querer tocar el cielo y sus ventanas son como gemas preciosas que brillan, inclusive en las noches más oscuras, resguardadas por estatuas de ángeles con rostros virginales y graciosos. El palacio esta pintada por fuera y por dentro con pinturas de oro, sus pasillos tienen alfombras de seda y candelabros con diamantes, las habitaciones son amplias y con camas en las que podrían dormir hasta 4 personas acobijados por la más fina tela de Orsain y una chimenea que crispé con el fuego de la riqueza y los sueños rotos de los campesinos, sus techos están pintados para representar batallas heroicas del pasado y escenas de las hazañas de los antiguos dioses, de la mano de maestros. Sus enormes jardines no llegan a tener fin para el ojo de los humanos, tan grandes que podrían ser vistos desde el cielo, cientos de rosas, girasoles y margaritas forman un mar de colores que se combinan con pequeños lagos que son rodeados por arboles de distintos frutos y de estatuas de reyes de antaño.

En este palacio donde los reyes de los abandonados celebran su injusta e inmerecida riqueza, encontramos a un hombre de 25 años que se encuentra en uno de los muchos cuartos de este gran palacio, un cuarto repleto de espejos en sus paredes para la dicha del gran narcisismo de la reina. El muchacho es de cabello negro y corto, peinado al lado derecho y de barba cerrada que cubre su rostro, viste un mofarrex, o una túnica con aberturas adelante y atrás, de color rojo oscuro con adornos de plata y calzado fino. La mirada del joven se dedica a observar cada espejo con suma atención, en busca de alguna diferencia entre lo que refleja el de la derecha con el que refleja el de la izquierda, mas solo ve la misma imagen en todos, la suya, la de un hombre con gran vestimenta y una barba mal recortada y su piel blanca como la porcelana, tan distinta de la piel leprosa de los campesinos.

- Aquí estas Nathaniel

Nathaniel dei Moriconi es su nombre completo, hijo de Don Pedro dei Moriconi, de la noblesa de Bourlemont y soldado al servicio del rey. El hombre que ha llamado a Nathaniel es un hombre con ropas iguales pero de colores azules y decorativos de oro y gemas preciosas, usa una boina verde esmeralda con una pluma roja y un extraño rubí incrustado en ella. El hombre hace una reverencia ante Nathaniel y este le regresa la reverencia, ambos se miran a los ojos en busca de mentiras que explotar para el futuro, pasados unos segundos, se sonríen y extienden sus manos, mientras sujetan una espada con las que tiene tras sus espaldas.

- Lord Edward de Saint Blanch, que honor, cuanto tiempo sin verlo- Nathaniel trataba de ocultar el sarcasmo en esa oración, aun que fallaba estrepitosamente.
- Lo mismo digo, joven Nathaniel, ¿Cómo esta la casa Moriconi?- respondió Edward estrechando la mano del joven, sin perder la compostura.
- Bien, mi padre ha firmado mas tratados comerciales con los Hausendorff del reino vecino
- Es maravilloso escuchar esto, joven Nathaniel… aun que escuche que los cargamentos de especias de su familia han sido victimas de robos
- Así es, los “revolucionarios” han estado robando provisiones de la realeza y por ello tenemos problemas para alimentar a los huéspedes de nuestras mansiones
- Ooo… ¿A dónde va a el mundo?... ayer solo pudimos servir 4 pavos y 8 cerdos asados para el festín, antes servíamos el triple de eso
- En efecto, Lord Edward, la sociedad esta repleta de ladrones
- A bueno, estoy seguro que esto se terminara cuando la revolución sea aplacada, por ahora debo anunciarle que el rey desea nuestra presencia
- ¿por fin hará un concejo de guerra?
- Puede ser, los representantes de las casas nobles de Antares se están reuniendo en su trono en estos momentos y dudo que solo nos invite para comer y beber, aun que eso no estaría mal
- Usted lo ha dicho Lord Edward


Los dos hombres abandonaron el salón de los espejos y se dedicaron a conversar por los pasillos, hablando de forma amena y amable, escondiendo el odio que se sentían mutuamente, analizando cada palabra que decían, “la debilidad de mi enemigo es mi fortaleza“. Entre la conversación que tenían sobre los productos que sus fincas producían y las estrategias militares para arrebatarle poder a los revolucionarios (que en realidad eran estrategias para quitarse poder uno al otro), llegaron a la gran puerta del trono real, media mas de dos metros de alto y un metro de ancho, con las imágenes de un combate entre un monarca humano y un jefe elfo pintadas en su superficie.

Abrieron las puertas y al hacerlo, revelaron un gran salón con una gran mesa redonda en su centro, una mesa donde varias decenas de nobles de todo el reino discutían sobre negocios y la situación actual, frente a cada noble había una gran pata de ternera y huevos de codorniz, sus vinos espumosos ondulaban con la gracia de un perro muerto y de sus labios solo se escuchaban palabras dignas del mercantilismo de la época actual. La única persona que se encontraba por encima de los nobles, es el rey, un hombre de cabello largo y rubio, de ojos azules y de nariz gigantesca, gordo y con un pomposo traje rojo con gemas incrustadas en este, botas finas de color negro con medias blancas de seda, una capa roja con un suave acolchonado de algodón y una gran corona cuyo esplendor brillaba como el sol, este hombre cuyo trono esta a mas de 30 centímetros sobre el suelo y muy por encima de la mesa redonda, mira con jubilo a los demás nobles y se relame al ver el poderío económico de su nación.

- Bueno, Sr Moriconi, será mejor que nos sentemos- dijo Edward poniendo su mano derecha sobre el hombro derecho de Nathaniel con un tono de voz por demás prepotente.


Sin darle tiempo para responder, Edward tomo asiento y dejo a Nathaniel con el sentimiento de amargura que suponía el hecho de que si se sentaba, fue porque Edward se lo había ordenado, quitándole honor y gracia a su familia, mas no tuvo mas opción que sentarse al ver que el rey se levantaba y bajaba de su trono para hablar con sus súbditos nobles. Grande era la voz del rey que se escuchaba en todo el reino, poderosa era pues sus mandatos y caprichos eran ley y pequeño el Estado, que no era si no su marioneta. Noble entre nobles, ese era el rey que inflaba su pecho como un pavo real y fingía valor en la desesperación.

- Nobles de Antares, su rey les habla- dijo el rey mientras sacaba pecho y trataba de usar un tono de poder, mas fallaba y sonaba mas como un hombre con una pata de pollo metida en su boca.
- Y nosotros guardamos silencio- respondieron los nobles.
- Yo, el rey Valentino XIV le pregunto… ¿saben de la situacion actual del reino?... ¿Saben del dolor que la revolución hace pasar al pueblo y a vuestro rey?... si… lo saben bien


El rey Valentino saco un pergamino de sus bolsillos, del tamaño de una pequeña carta, el pergamino no ocupaba mas de 4 espacios en palabra escrita. El titulo del pergamino decía “Juramento del Juego de la Guillotina” y parecía traer una serie de leyes que hablaban sobre la “libertad, igualdad y justicia para todos”. El rey se dedico a leer lo que venia escrito en el pergamino y los nobles escucharon con atención:

- “E aquí el grupo que se ha de unir para traer a Antares una constitución, en contra de los deseos del rey, que brinde libertad, igualdad y justicia para todos”… ¡¿Lo han escuchado?!... ¡¿En contra de los deseos del rey?!... ¡Díganme! ¡¿Qué acaso no les brindo yo libertad, igualdad y justicia?!... ¡¿Qué acaso no soy yo quien les a sus hijos y a los hijos de sus hijos sus tierras y sirvientes?!... ¡¿Cómo osan decir que mi divino mandato no es suficiente?!
- ¡El rey tiene razón, la revolución es blasfema, los dioses lo pusieron en su trono, por Anduir, quemémoslos a todos!- grito Lord Edward con la clara intención de aludar al rey Valentino, oportunista como siempre.
- Bien hallado, Lord Edward de Saint Blanch, mas creo que deben seguir escuchando este montón de incoherencias, he aquí el primer articulo que estos nobles rebeldes han escrito “Articulo 1: Los hombres nacen libres y en igualdad de derechos”… ¡¿Es que acaso creen que un campesino esta al mismo nivel que el rey que les da comida, cobijo y defensa de sus tierras?!... ¡Un campesino no sabe ni donde esta parado y mas bien necesita de su monarca para poder vivir, puesto somos nosotros quienes les otorgamos sus instrumentos y técnicas para la agricultura, la pesca y el ganado!
- ¡Nosotros les permitimos usar nuestras tierras y crecer en ellas!... ¡¿y así lo pagan?!- grito otro pomposo noble con casi la misma fuerza que el rey.
- ¡No hay igualdad sin su rey, que decide que es igual y que no es igual!.. ¡es por eso que hoy nos reuniremos con la intención de planear el fin de esta ridícula revolución de hombres codiciosos y de ignorantes!... ¡Nosotros no somos elfos que se esconden en sus ruinas en los bosques y lagos del mas allá, no somos enanos que cobardemente se quedan en sus montañas, somos hombres que luchan hasta morir por el ideal de justicia!


Justicia… esa palabra hacia reír a Nathaniel, lo que el rey consideraba justo era que se mantuviera el Ius Primae Noctis. A pesar de ser su rey, el rey seguía siendo un hombre y uno repugnante ante los ojos de Nathaniel, un cerdo que blasfemaba en nombre de los dioses y gobernaba de la misma forma que un granjero en una novela del Marquez de Jade. Edward levanto su mano y tomo la palabra con el permiso de su majestad.

- Mi señor, los últimos días casi todos los nobles que tenemos que transportar nuestros productos por Antares hemos sido atacados por rebeldes en las rutas principales y alternas, creemos que están aumentando en numero, mas no debe preocuparse, todos los ataques nos dice que el escondite de los “revolucionarios” se encuentra en la ciudad de Petit Chamonix, al este de Antares cerca de la frontera
- ¿Qué dice el gobernador de Petit Chamonix?- pregunto el rey posando su imponente mirada sobre Edward.
- Me temo que el gobernador Maximilien Robert esta confabulado con ellos, el ha sido de los que han firmado el “Juramento del Juego de la Guillotina” y varios espías bajo mi mando han revelado esta información - respondió Edward mientras se ajustaba su cuello y miraba al rey a los pies, puesto mirar a los ojos es una falta de respeto.
- En tal caso, escúchenme nobles de cuerpo y espíritu de Antares, debemos reuinir las tropas de todo el reino y hacer que toda Petit Chamonix sufra las consecuencia de su irresponsable gobernador
- ¡Si su majestad!- gritaron todos los nobles al unisonó.
- ¡Se les dará guerra, mañana mismo reúnan sus fuerzas en el rio Berti al este de la capital!


Grandes reuniones para mensaje de guerra y muerte, esos eran los grandes gritos de batalla de la realeza en Antares. El resto de la reunión solo fue para armar una estrategia para acorralar a los “rebeldes”, algo sumamente aburrido que hacía a Nathaniel rogara por algo que involucrara negociar los términos de rendición ante los revolucionarios, eso seria mejor a aguantar el parloteo del rey y sus lame botas. Terminada la reunión, el joven se dirigió rápidamente hacia las caballerizas, para evitar encontrarse con ese montón de zánganos y se apresuro a sacar su caballo, en cuanto su escolta estuvo lista, abandono las tierras del palacio real hacia su hogar.
El camino hacia las tierras de la familia Moriconi no es algo peligroso ni tampoco impresionante, solo un montón de hierva y arboles, los escoltas simplemente exageraban los rumores que venían de las ciudades sobre la presencia de revolucionarios ocultos en los arboles. Tras recorrer varios kilómetros, llegaron a un pequeño pueblo cuyos diminutos edificios eran de barro y de techo de paja, sus habitantes eran simples campesinos, todos temerosos de los dioses… y todos temerosos de Nathaniel y lo que su apellido cargaba consigo.

La familia Moriconi era la dueña de varios kilómetros de terreno, el suficiente para albergar a tres aldeas y tener un castillo que vigile sobre estas, como un perro guardian sobre su rebaño, salvo que este perro en realidad es un coyote. Pedro der Moriconi es el nombre del dueño legitimo de estas tierras, un hombre con una reputación tan mala como la del propio rey. Sin importar la pésima visión que tengan los aldeanos, a Nathaniel esto no le importaba, el conocía a su padre y sabia muy bien de las desgracias que le traia a su gente, un cerdo sin lugar a dudas, pero era el cerdo que le daba de comer... al menos por ahora.

Rodeado de pobres y leprosos, Nathaniel se abrió paso por la aldea, mientras que sus plebeyos solo le miraban con algo de envidia, otro con odio y otros con algo de respeto, siendo estos los menos. Los leprosos causan asco en Nathaniel, son personas repugnantes y sus enfermedades le revuelven el estomago, sus pieles arrugadas y podridas recordaban en el joven noble a algo que los perros de cacería habían matado, comido y vomitado. Estos le imploraban “ayuda” y este respondía “no me toques”.

Tras salir de la aldea, Nathaniel diviso el castillo de su familia, como en un cuento de hadas, hecho de piedras y con madera, un lago rodeaba el castillo y los caballeros montaban guardia en las torres del edificio. El castillo Moriconi era el hogar de muchas leyendas, entre ellas, la leyenda de que fue la primera edificación en soportar envestidas de ataques enemigos durante la guerra de los 100 años en contra del reino vecino. El puente fue bajado para que Nathaniel entrase en su casa y fue recibido por las trompetas de los soldados, los caballeros se formaron alrededor de él y su padre salió de su habitación para saludarlo. El nombre del padre de Nathaniel, es Pedro dei Moriconi, un viejo calvo y lampiño de cuerpo robusto que se le conocía por usar una sola gran bata blanca que recordaba a las pijamas de una sola pieza junto con un calzado extranjero tan delgado que parecían pantuflas.

- ¡Padre!- dijo Nathaniel emocionado de ver a su padre tras un viaje tan largo.
- ¿Qué noticias nos trae el rey?- dijo Pedro cortante y con frialdad, sin importarle la emoción de su hijo.
- El desea que tomemos a nuestros soldados y los lleves a la guerra, ya hemos encontrado a la base principal de la “revolución”- dijo Nathaniel tragándose su emoción y enfado ante la actitud de su padre y con sus manos en su espalda.
- ¿Cómo saben que es información de fiar?
- Solo por palabras de Lord Edward, padre
- Ya veo… tsk… Edward le chuparía la verga al rey si pudiera


Don Pedro dio media vuelta y dejo a su hijo hablando solo y con sus puños cerrados, pensando en todas las cosas que desearía decirle, gritarle por la muerte de su madre, golpearlo por los niños que había sodomizado en compañía del rey durante las noches de verano en que el castillo se transformaba en un pedazo de Sodoma, la ciudad maldita que los dioses destruyeron. Pero Nathaniel no es un hombre tonto, atacar a su padre de cualquier forma significaría perder su herencia, herencia que no compartiría con ninguno de sus hermanos, todos ellos hijos de prostitutas y mujeres casadas con otros hombres. Una vez que su padre cruzo las puertas de la entrada del castillo, Nathaniel miro el suelo y escupió en nombre de u infeliz progenitor, hecho esto se dedico a caminar hacia sus aposentos, había sido un día muy duro y estaba cansado.

El sol desapareció en el horizonte y la luna entro en escena, acurrucado en su cama, cubierto por las cobijas, se encuentra el joven Nathaniel, con sus ojos cerrados y semidesnudo, siendo una trusa el único ropaje que cubre su cuerpo. La habitación del joven noble es pequeña, poco usual en una persona de su estatus; una cama cómoda, una chimenea diminuta y un estante en donde están los libros que lo rescataron de una infancia aburrida y triste. El joven abre sus ojos, algo lo ha despertado, suena como el ruido de las patas de un perro arañando una puerta de madera, se pone de pie y camina hacia la puerta, al abrirla encuentra a todos los ciervos masacrados y con sus cuerpos flotando en estanques de sangre humana.

Un rugido se escucha en el fondo del pasillo, como un león hambriento. Nathaniel siguió el camino que le llevaría al origen del gruñido y al final del pasillo, encontró una puerta hecha de cristal, un cristal que nunca en su vida había visto o que aun peor, una puerta que en toda su vida había visto en el castillo. La puerta brillaba mostrando luces de colores, roja, azul, verde y amarilla, todos los colores del arcoíris en un grupo de luces que parecían quemar las paredes como si fuesen sables cortando las paredes hasta formar un dibujo que parecía ser un cubo con un hombre de palitos adentro, como en los dibujos infantiles. Nathaniel examino el dibujo con detenimiento, no había nada de especial en él, mas algo tremendamente fuerte le estaba diciendo que lo mirase y no lo olvidase nunca, como un tatuaje en su cerebro.

La puerta de cristal se rompió en pedazos y al hacerlo emitió un sonido muy fuerte, como el de una ventana siendo despedazada por una pedrada. Nathaniel miro el agujero en la pared que dejo la destrozada puerta y sintió frio, tanto frio como una helada ventisca en invierno. Siendo el hombre temeroso de los dioses que él es, camino lentamente por debajo del arco de la derrumbada puerta y pidió protección a la diosa Solome. Del otro de la puerta no encontró hielo, ni nieve ni ningún material que explicase la frialdad del momento… solo fuego quemando el castillo y a los caballeros siendo asesinados por demonios.

- ¡¿En nombre Solome y su esposo Anduir que esta pasando aquí?!

Uno de los demonios miro a Nathaniel, de piel de color ceniza, tiene miles de escamas similares a las de los lagartos de color carmesí en su rostro, brazos y piernas, su boca tiene dientes como los de una piraña y uno ojos amarillos con una alargada pupila blanca, su armadura esta hecha de huesos humanos y sus espadas son de color negro, su boca emana un aliento tan repugnante como el olor de un cadáver en descomposición. Ambos se miran de frente, este demonio emite rugidos que erizan la piel de Nathaniel y a los pocos segundos, este demonio ataca al joven noble, clavando su espada en el abdomen.

Nathaniel cae en el suelo, incapaz de moverse y observa como las sirvientas son violadas, como los soldados cortados en pedazos y a su padre siendo devorado por uno de ellos, segundos después la oscuridad cubre sus ojos, el frio se apodera de su piel y el ruido desaparece, lo ultimo que llega a escuchar es el latido de su corazón, disminuyendo hasta que cesa... ha muerto.

Al siguiente segundo, Nathaniel abre sus ojos, ve un resplandor de luz y toma una bocanada de aire tan fuerte que pareciera estar recuperándose de un estrangulamiento. Se encuentra en su habitación, semidesnudo y con las mantas cubriendo su cuerpo, con temor en su mirada y sus manos temblando, revisa su abdomen en busca de la herida, no hay nada ahí, ni siquiera la picadura de un mosquito o de una hormiga. La puerta de su habitación se abre y Don Pedro entra en ella, miro a su hijo y le advierte que las tropas van a moverse muy pronto. No hay tiempo para pensar en la pesadilla, la batalla que decidirá el futuro de los hombres esta a punto de empezar.

Pasados un par de minutos, el joven noble tuvo puesta su armadura de combate, plateada de pies a cabeza, sus botas de metal tienen unas extrañas alas de hierro que dan el efecto de que flota cuando corre, su hombrera izquierda tiene el doble de tamaño que la derecha para usar su espada sin problemas y para proteger la cabeza de flechas enemigas, es una hombrera con forma de cabeza de Leon, su casco tiene forma cilíndrica y le cubre la cabeza por completo, solo hay unas pequeñas aberturas para ver atravez de estas y una serie de agujeros pequeños para ventilar la nariz.

Al salir a ver a las tropas de los Moriconi, se encontró con un gran grupo de caballeros al mando de varias decenas de soldados y mercenarios al servicio de las fuerzas Moriconi. Nathaniel camino a su caballo de color azabache, puso su silla y armaduras para protegerlo del enemigo y partió en conjunto del ejercito hacia la batalla que les esperaba en Petit Chamonix. Nathaniel miro hacia atrás para ver su castillo una vez mas, mas encontró la mirada fría e inexpresiva de su padre, esa odiosa y repugnante mirada, la misma mirada que encontró en su rostro cuando lo descubrió fornicando con una sirvienta antes de la muerte de su madre, jamás le revelo eso a nadie. Nathaniel prometió que si volvía vivo de esta, lo mataría el mismo y se quedaría con todo lo que le ahora le pertenece a su padre y se aseguraría de darle una vida digna a su propio hijo, eso si el poder no lo corrompe a él también.

Cabalgaron por horas para llegar al destino, atravesaron los campos de trigo que hay en los alrededores de las tierras “dei Moriconi”, siguieron sus caminos por las planicies de Antares hasta las montañas nevadas y al rio mas ancho del reino, que servían como frontera con el reino vecino y al llegar al punto donde gritos de guerra y cuernos de batalla podían escucharse con la misma intensidad que los relámpagos de una tormenta. Un catalejo sirvió al joven noble y este comprobó que cientos de soldados se encontraban reunidos frente a una ciudad amurallada en la base de una montaña, murallas tan grandes que prácticamente cubrían toda la ciudad en un angulo de 360 grados y podían alcanzar los 30 metros de altura y los 10 de ancho.

Nathaniel dio la orden de reunirse con las fuerzas al comando del rey, pero no encontró al rey, solo a sus generales y comandantes, todos ellos dando fe de la falsa valentía de su majestad. Al ver a las fuerzas de Moriconi unirse a los demás, un hombre que viste una armadura igual a la de Nathaniel; salvo de color negra con líneas doradas en su casco, peto, brazos y botas, toma un cuerno y lo sopla, revelando un sonido que da inicio la batalla. Los gritos de entusiasmo de todos se mesclan formando un rugido de odio y todos se lanzan al ataque. Las flechas salen disparadas de los arqueros sobre las murallas y vuelan sobre las cabezas de los guerreros del rey, decenas de ellos caen muertos cubriendo la nieve bajo sus pies en un cementerio de color rojo.
Nathaniel ordena a su caballo avanzar con las tropas, pero se detiene de un momento a otro, todo se torna lento y los caballos aliados se mueven tan despacio como una hoja cayendo de un árbol, las flechas quedan estáticas en el cielo y una voz similar a la de un anciano le habla al heredero de la casa Moriconi:

“Nathaniel, Nathaniel...Hijo mío, abandona las armas y predica mi palabra en Bourlemont, ve a los templos y diles que el Padre no desea que veneren a mas dioses falsos, la Legión se acerca”

- ¿Quién eres?- dijo Nathaniel con el temor de haber sucumbido a la desesperación.

“Soy el Dios de tus ancestros, cuyos hijos me han olvidado…abandona la espada y cambia tu armadura por los aposentos de un monje, predica mi palabra en Bourlemont”

- ¿Cuál Dios eres?... ¿Anduir de la guerra, Utuniel de los viajeros o Karzog del Sol?

“Soy con lo que todo inicio y con lo que todo terminara… ve a Bourlemont y predica mi palabra, abandona esta guerra y habla de mi verdad”


La voz no dijo nada más; todo regreso a la normalidad y mas soldados cayeron muertos a los pies del caballo de Nathaniel. El muchacho miro el suelo y dio la orden al caballo de girar y alejarse del campo de batalla, Nathaniel mantuvo su vista en el suelo durante todo el viaje de regreso a Bourlemont, durante todo el viaje se mantuvo en constante reflexión.
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